Eterna se levanta entre dos calles. Ambiguo desde el origen, uno diría que no se decidió por ninguna. El umbral de entrada es pequeño, y la austeridad sólo se rompe ante la glamourosa presencia de las Drag Queen. La entrada se abre, y aparecen ellas. Sofisticadas, elevadas en sus interminables plataformas, escondidas tras kilos de maquillaje, y soportando el peso de ornamentadas pelucas y psicodélicas vestimentas. El salón es vasto, cubre todos los rincones y presenta sus mesas a lo grande, numerándolas como mesas de bingo, y rodeando un escenario que se engalana ante una cortina azul cobalto.
Llega el momento de pedir. Otra vez la dualidad. Hay que elegir entre dos primeros, dos segundos y dos postres. Uno no lo sabe, pero debe ser raudo y comenzar a cenar cuanto antes. El Show está a punto de comenzar. Un bocado, otro bocado. El primer plato comienza bajo la luz. De pronto se apagan las luces. Llegan los bocados a ciegas. Mirada al escenario. Aparece Kira. Pelo lacio y rubio. Sobria en la vestimenta. Acerca el micrófono a sus labios. Comienza a hablar, pero no habla. Kira dispara palabras. Es afilada, aguda, incisiva. Se dirige a las mesas. ¿Quién cumple años? ¿Por qué estáis aquí? ¿Hay alguien normal? ¿Despedida de solteras? ¿Te vas a casar, querida? ¿Me dejas sóla en el oficio, cariño? Kira es eso y mucho más. Usa el humor con descaro, con cinismo. Se ríe de sí misma. De sí mismo. ¿Cómo no va a reirse del mundo?
Kira alterna sus monólogos con el espectáculo de un cabaret. Aparecen bailarines como Alexander o Patrol. Su apariencia es masculina, pero ambigua. Sus movimientos son ballet, danza del vientre, glam, dance. Les siguen Wanda o Satanasa, reinas de un show donde la psicodelia y el colorido habrían reventado de placer las entrañas de Andy Warhol. Vuelve Kira. A veces habla. A veces, canta. No olvida el nombre de los que cumplen años. Ni su edad. Su memoria ha debido ser entrenada mientras trataba de recordar quién es realmente. Finaliza su espectáculo dando las gracias, y cantando a la libertad. La libertad de ser uno mismo. La paradoja de serlo a través del disfraz. Yo no tengo nada que ver con su mundo, pero reconozco que, desde que la vi en el escenario, la admiro. Vaya si la admiro.
