
El plano final de
Brokeback Mountain, con
Heath Ledger sosteniendo en silencio la camisa de su amante fallecido, mostraba, dentro de su contención, una de las más desoladoras y emotivas imágenes que yo haya visto en una pantalla de cine. Cuando, hace unos meses, el joven actor se dejó la vida en una estación demasiado temprana, no pude menos que recordar esa imagen y pensar que sería, a buen seguro, el legado que dejaría al séptimo arte. Tras ver su composición del
Joker en El Caballero Oscuro, debo decirles que hay que añadir un nuevo tesoro a su testamento.
He usado el término composición, y no el de interpretación. Sería injusto no reconocerle a
Ledger el título de creador. Enfrentarse al
Joker tenía sus riesgos. Debía enfrentarse al recuerdo de
Jack Nicholson, a la solvencia del
Batman interpretado por
Christian Bale, y al calado que el siniestro y burlón personaje mantiene entre los admiradores del cómic.
Ledger decidió tomar el camino más bacheado y exigente, optando, más que por dar vida al
Joker, por meterse bajo su propia piel. El
Joker de El Caballero Oscuro es más oscuro, diabólico y crudo que el histriónico villano que compuso
Nicholson. El
Joker de
Ledger es un psicópata surgido de las profundidades del infierno, que deja escapar el pérfido aliento del mal en cada susurro, que pinta su cara con imperfecto maquillaje, y que disfruta de sus atrocidades con la autoridad de quienes carecen de moral. No creo que haya que compararle con nadie. Ni con la consistencia del
Batman de
Bale, ni con las cenizas del villano de
Nicholson. La entrega, brillantez e intensidad de la recreación de
Ledger es suficiente para defender un papel inolvidable.
Más allá del
Joker, El Caballero Oscuro sigue la senda de
Batman Begins. Se aleja del tono gótico y fantástico que plasmó
Tim Burton en sus dos entregas, pero también, por suerte, de la acomodada mediocridad de
Batman Forever o
Batman & Robin.
Christopher Nolan sigue decidido a mostrar una
Gotham surgida de las pesadillas que avivan los miedos más reales de la era actual.
Gotham es corrupta, pero reconocible, se aleja de la estética del trazo y se torna tan palpable como las limitaciones y dudas de su oscuro guardián.
Nolan proyecta dentro de su
Gotham fantasmas tan reales como el terrorismo latente, el desencanto, la ambigüedad moral, el pesimismo y la falta de heroicidad de nuestros tiempos. El propio
Batman no escapa del bisturí psicoanalítico de Nolan, y se convierte en un ser taciturno, tan alejado como cercano a un enemigo (el
Joker) con el que comparte (compartimos) mucho más que cicatrices y maquillaje.
El Caballero Oscuro avanza en su metraje con pulso firme y tono áspero, y dibuja sus mejores momentos en la batalla, ausente y presente, que libran un
Batman lleno de dudas, y un
Joker que afirma en sus gestos nerviosos su extraña condición de ser humano. Una batalla en la que, a fin de cuentas, el mal le recuerda al bien que no es sino su propia alma pintada de negro.
La madurez de El Caballero Oscuro no pretende deslumbrar ni seducir, pero no por ello evade las pretensiones de una obra mayor. Es difícil valorar si logra serlo. La adoración que
Burton profesaba a
Gotham y sus villanos convirtió sus dos obras en inolvidables, pero sería injusto desmerecer el gran trabajo de un
Nolan que, decididamente, utiliza el alma del cómic para reflexionar sobre cuestiones mucho más profundas. Queda para el espectador apreciarlo, y disfrutar del alma anárquica del amoral
Joker en lo que constituye, por desgracia, el último trabajo de un poderoso actor que respondía al nombre de
Heath Ledger.